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41 víctimas en desastre de pemex

Su destino era morir

Por José Manuel Meza

Corresponsal de Reynosa, Tamaulipas

Llanto y desolación es el escenario que invade el modesto domicilio de la familia Del Ángel Calderón que, desconsolada, lamenta el trágico accidente de la Central Gasificadora de Pemex de la fronteriza ciudad de Reynosa, en el que perdió la vida Fernando, trabajador de la empresa VGI, quien, aturdido por la explosión, corrió hacia la carretera Reynosa-Monterrey, donde fue atropellado. Dejó solas a su esposa, Karla, de 17 años y a Kahely Estefanía, su bebé de ocho meses.

Como una verdadera pesadilla se sufre el súbito fallecimiento de un joven petrolero (19 años), a quien le tocó estar en el lugar y en el momento equivocado, cuando se produjo la peor desgracia en décadas registrada en un complejo petroquímico de Petróleos Mexicanos y que, hasta el cierre de esta edición, suma 30 personas muertas, 46 heridos y 11 desaparecidos.

La madrugada del 18 de septiembre de 2012 fue la última que Fernando Del Ángel Zamora pasó en casa, sin saber el terrible destino que horas más tarde le esperaría.
Con las botas puestas y el estómago provisto, sus pasos se apresuraron para darle un beso a su niña -dormida-, y a su mujer en la puerta, e ir a la camioneta que lo aguardaba para llevarlo al trabajo antes de caer la luz del día.

«¡Nos vemos!», «¡te amo!», «¡cuídate!», fueron las postreras palabras que Fernando y Karla cruzaron antes de separarse para siempre.

Irónicamente, aquella salida por la que el joven caminó no volvería jamás a atravesarla con vida, sino en el interior de un ataúd.

«La última vez que lo pude ver fue en la mañana que se fue a trabajar, era como un día normal, le dije que se cuidara», relata a cuentagotas su cónyuge.

Este obrero tenía apenas cuatro meses de haber ingresado a laborar para Visión Global Industrial S.A. de C.V., una compañía contratista de Pemex Exploración y Producción (PEP), que realiza obras de mantenimiento en el Centro Receptor de Gas de la Cuenca de Burgos, situado en el kilómetro 19 de la carretera Reynosa-Monterrey, donde ocurrió la detonación.

Fernando se desempeñaba como ayudante de albañil y, a decir de su esposa, su empleo no era aparentemente riesgoso.

«Yo sabía que él y sus compañeros andaban en brechas haciendo bardas. No todos los días trabajaba en el mismo lugar, a veces lo mandaban para otras partes, pero creo que ese día a él le tocaba ahí; la verdad no sabría decir cuánto tenía en esa área, pues casi no platicaba de su trabajo», agrega.

Esos instantes, de cuando desayunó y se fue, asedian la mente de Karla, que no puede asimilar que el compañero de su infancia y con quien soñó estar toda la vida se haya ido así, de imprevisto y tan infortunadamente.

«Partió a su empleo como a las cinco y media, muy temprano en la mañana. Le preparé su cereal y su lonche. Tenía poquito en esa empresa, nunca llegué a pensar que algo así pudiera pasarle», menciona acongojada.

INFORTUNIO Y DOLOR

De acuerdo con reportes de prensa, Fernando integraba la lista preliminar divulgada por Pemex en la red social de twitter, de 10 trabajadores fallecidos a las 10:45 horas del martes en el Centro Receptor de Gas y Condensados del Complejo Petroquímico Gasificador (CPG), cuyas instalaciones recepcionan el combustible procedente de la Cuenca de Burgos, para después trasvasarlo a Pemex Gas y Petroquímica Básica (aproximadamente 800 millones de metros cúbicos al día).

Las versiones apuntan que salió huyendo de la explosión e, intentando soslayar las llamas, se abalanzó hacia la carretera federal, por donde una unidad motriz, de la cual no se tiene información, lo arrolló accidentalmente, quitándole la vida.

Mariela, su hermana, fue la primera en saber la tragedia, cuando momentos después escuchó el timbre de su teléfono y Alejandro Ortiz, jefe directo de la víctima, le comunicó los hechos.

«No pensé que me llamaran para nada malo. De entrada no identifiqué el número. Ese señor me dijo que había habido una explosión y que mi hermano se había salido corriendo asustado y que lo atropellaron. No supe qué responderle.

«Yo me encontraba en mi trabajo y precisamente me estaba acordando de él, cuando en eso sonó el celular», cuenta.

Mariela le llamó de inmediato a su progenitor, Nicolás, aunque no le dio la noticia completa; le pidió que se fuera aprisa a su domicilio, porque tenían que hablar con él. «Mi papá padece del corazón y temía que se pusiera mal. Le pedí que se viniera para la casa rápido y aquí se enteró…», describe.

Posteriormente la familia de Fernando, ofuscada, intentó ir en busca de su paradero, pero no pudieron llegar hasta la zona del siniestro, ya que la carretera fue cerrada a la circulación en ambas direcciones.

Tuvieron que esperar a que la conflagración fuera controlada, que el Ministerio Público diera fe de los hechos y el Servicio Médico Forense (Semefo) hiciera el levantamiento y traslado de los cuerpos, para posteriormente, al día siguiente, poder identificar su cadáver.

Con forme transcurrían las horas y los minutos la esperanza de que se tratara de una equivocación se extinguía, pues no había señales de vida del joven. La terrible ocasión de reconocer sin vida a aquel niño y al hombre que vieron crecer fue un proceso muy duro para esta familia, que debió aguardar a que le practicaran la necropsia de ley en instalaciones de la Procuraduría de Tamaulipas que ni siquiera cuentan con refrigeración especial.

Mientras tanto, en su humilde hogar, la madre de Fernando y su esposa, Karla, tratan de explicarse esta afrenta. Nada más de pensar lo que su esposo pudo haber sufrido y de enfrentar lo que viene (con una bebé que sacar adelante), esta viuda y los miembros de su casa, no hallan la manera de darse consuelo los unos a los otros, pues saben que no hay palabras que en estos momentos puedan mitigar su sufrimiento.

Según consta el certificado de defunción, este fugaz padre de familia pereció a consecuencia de un trauma craneoencefálico, causado por el accidente vehicular.

SUEÑOS TRUNCADOS

Los restos de Fernando fueron de los primeros que las autoridades hicieron entrega. El pasado 20 de septiembre, se sepultó en el panteón fronterizo de Lampacitos, el mismo por el que el joven transitaba todos las tardes rumbo a un gimnasio para practicar el boxeo.

Tenía el sueño de convertirse en pugilista profesional, y comprarse una casa propia; desde hace más de un año que había contraído nupcias, residía en el domicilio de sus padres y quería independizarse.

«Disfrutaba mucho del box y estaba entrenando para eso. Era muy deportista, le gustaba mucho hacer pesas, correr. Llegaba, se bañaba y se iba a entrenar. También le gustaba jugar futbol», manifiesta Karla.

De hecho en tres meses, este obrero fallecido, tenía pensado debutar en el circuito amateur de Reynosa, para lo cual ahorraba dinero, pues deseaba comprarse los botines, la capa y los guantes que necesitaba. Paradójicamente los tuvo el día de su entierro, ya que su familia quiso cumplirle su último deseo.

Ahora que el hombre de la casa se ha ido para no volver, Karla no sabe como llenará su vacío. Abrazada a la fotografía del amor de su vida, el rostro de esta mujer dibuja la angustia e impotencia de su irreparable pérdida.

Esmeralda Sánchez González, la suegra de «Ferchi», como le decían de cariño, no puede soportar ver sufrir a su hija y a la familia de su yerno. «Es un momento muy duro… se casaron muy jóvenes, vivieron muy rápido su vida y pues, se quedó mi hija sola con su bebé», lamenta.

Medita que ahora deberá enfrentar una nueva realidad, pero que le darán a Karla todo el apoyo necesario y que se irá con ellos para que no se la pase recordando en su casa…
«Fernando era un muchacho alegre, le gustaba mucho el boxeo, era su ilusión. De hecho, se estaba preparando para eso. Siempre lo veía yo que andaba haciendo pesas y costal. De repente que me dijo mi hija que había entrado a un gimnasio, porque quería ser boxeador profesional. Perdió la vida sin haber vivido.

«Lo vamos a recordar siempre y también a todas las personas que fallecieron y cuyas familias han pasado por lo mismo que estamos sufriendo nosotros», refiere.
Esmeralda no puede creer que, en la que es considerada una de las peores tragedias de su tipo, esté el nombre del esposo de su hija.

La de Reynosa es, por la cifra de trabajadores fallecidos (30), la segunda peor en los últimos 25 años, empatada con la de la India del 14 de septiembre de 1997, en la que también 30 trabajadores murieron en una planta de la compañía Hindustran Petrolium Corporation Limited (HPCL) y por detrás de la que se presentó el 25 de agosto de este mismo año 2012 en la refinería de Amuay en Venezuela, en la cual sucumbieron 41 un obreros.

jornalista@hotmail.es

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